_________________________________________________________________________
Los chicos invisibles
Entonces me pregunte, ¿De qué puedo escribir con sinceridad? ¿Qué he sufrido en carne propia? Y note que si he sido marginado y si soy de una minoría, que identificare como los chicos invisibles. Un grupo de jóvenes gays y adolescentes. Y es aquí donde se torna curioso porque si te pones a pensar tus diez dedos de la mano te sobran para darles un nombre a aquellos jóvenes que como yo vivimos en las sombras, temiendo; pero sabes que ni contando con los de los pies y las manos te das abasto para la gran cantidad que existimos. ¿Qué significa esto? ¿Podemos ser una minoría y a la vez no serlo? No, la respuesta es no. Solo refleja que es una minoría doblemente desfavorecida, invisible a los ojos de la sociedad.
Si, ser joven y ser homosexual te desfavorece doblemente. Las historias son diversas, los protagonistas también, podemos tener a aquellos que nunca dicen nada, aún tienen miedo, y eso es justo, el miedo es una emoción predominante en este grupo, tal vez odio propio, es común que se dé ya que no hay una dirección a la vista para orientar a aquellos que lo necesitan, silencio, de aquellos que tienen una voz pero aun no la pueden usar.
Se vive en esta minoría una discriminación que se puede considerar nuevamente curiosa en comparación de los demás grupos marginales. Esta se caracteriza por ser indirecta. Los insultos raciales por ejemplo son directos, crudos y fríos. Pero no lo es así en este grupo, somos a veces victimas de delicados insultos que son solo perceptibles por aquellos que son los afectados. Indirectos, lo tomas únicamente cuando sabes que “te queda el saco” y el silencio que le acompaña, porque cualquier respuesta en la defensa te hace quedar en evidencia, desprotegido, ahora objeto de burlas directas, ofensas personalizadas. Nuestro mismo lenguaje, nos promueve esto, los términos para denigrar a alguien se extienden por la palabra puto, marica, trolazo. No usados como insultos para homosexuales sino para cualquier persona que se busque lastimar, indiferente su preferencia sexual, el mismo insulto solo evidencia un pensamiento básico, -ser gay te hace inferior-, idea que muchos no aprenderán a diferenciar a tiempo y sucumbirán ante ella arrastrando su autoestima hacia el abismo con ellos.
Ya con esta acción adquirimos color, dejamos esa transparencia que nos caracterizaba, pero nuestra tez purpura carece de una voz, afónicos al mundo. Y este ensayo no está firmado por la misma razón, porque no tenemos voz, porque el miedo nos paraliza las cuerdas vocales. Aunque esto llegue a ver la luz nunca tendrá mi nombre, porque aún tengo miedo. Cuando finalmente se sabe que aquí estamos, a pocos les importa que pensemos. Y es aquí donde las opiniones chocan, para muchos somos la nueva generación de homosexuales en una sociedad que se empieza a abrir de mente, beneficiarios de un trabajo de años de liberación, y para muchos los nuevos enfermos, a veces usando la variante de pervertidos, o pecadores. Tal vez todas, tal vez ninguna. Cuando solo somos personas que deseamos amar, ser comprendidos, encontrar un igual, ser abrazados y besados con cariño, ser deseados y sentir en el corazón de aquella persona un dulce melodía taquicardica cuando se encuentran a nuestro lado. Quitarnos esas mascaras que nos aprisionan, que engañan, tal vez a todo el mundo pero nosotros sabemos muy adentro que esos no son nuestros rostros, que no nos podemos engañar. A veces solo prestando atención a tu entorno; madurando aquel sexto sentido característico que nos permite encontrarnos, esperando encontrar a alguien como nosotros, una plática sincera, una mano amiga y un hombro en el cual llorar.
¡Y entonces se nos otorgan los medios para hablar! Dejamos de ser mudos, podemos expresarnos más a medida que nos sentimos mejor con nosotros mismos, podemos empezar a decirlo, podemos levantarnos por lo que queremos, por lo que creemos. Y empezamos a ver que somos más, que estamos llegando a la meta, que no somos inferiores, que somos iguales y que tenemos el derecho de ser felices con quien queramos y de vivir el amor como queramos, somos libres, estamos juntos en esto. Nos encontramos en el camino y nos reconocimos por nuestras pieles moradas, hablamos en ese lenguaje que nadie entiende y nos levantamos ahora con la cabeza en alto.
Pero aun así somos diferentes, porque hemos necesitado teñirnos de lila para ser visibles y en el proceso nos hicimos diferentes, queríamos ser iguales, nuestro sueño era ser iguales y sentirnos iguales, plenos. Pero aun con color y con voz no nos han devuelto lo más importante, la seguridad. Tenemos miedo, miedo porque el mundo no está listo muchas veces, porque ahora que somos diferentes resaltamos en la sociedad, y somos más vulnerables que nunca, porque un mundo que no nos comprende es donde residimos, y por más que ahora seamos coloridos nuevamente tenemos que volvernos invisibles, amoldarnos al mundo, al menos hasta que sea el momento correcto. ¿Cuánto más hay que esperar para poder ser iguales? ¿Para que el mundo sepa que si nos cortan sangramos? Si nos lastiman lloramos, que somos diferentes porque ellos quieren que seamos diferentes, pero que nacimos iguales y tenemos que ser tratados iguales, que tenemos los mismos derechos que los heterosexuales. Y que ahora los que siguen después de nosotros están esperando lo mismo, y tal vez como nosotros, aun no lleguen a vivir en un mundo de tolerancia, porque cuando te pintas la piel de morado en protesta te confundirán con un extraterrestre y esta vez eres menos que humano.
Por: Lambda Kallisti
VERSIÓN PDF


No hay comentarios:
Publicar un comentario